Orestón le había prometido a su hijo que le escribiría un cuento ni muy largo ni muy corto. En fin, una hoja. Empezó a escribir: ahora escribo un cuento para mi hijo. Pero después de estas primeras palabras no sabía cómo continuar porque nunca había escrito un cuento en su vida, y ni siquiera había contado uno. A él los abuelos le habían contado cuentos, tanto la abuela como el abuelo, sin embargo, su padre y su madre perdieron esta costumbre en cuanto se fueron a vivir en la ciudad. En la ciudad parece que los cuentos no se puedan contar, y si se cuentan, salen mal. Orestón ahora ya no se acordaba de los cuentos que le habían contado sus abuelos, y mucho menos de aquellos que no le habían contado su padre y su madre, pero ya le había prometido a su hijo llenar una página. Así fue como continuó, escribiendo que no recordaba cuentos auténticos, pero en el fondo estaba llenando una página con algo que se parecía a un cuento, aunque todavía no habían entrado en escena lobos, ni zorros, ni brujas, ni príncipes, ni pastores, como se llevaba en los viejos cuentos. Continuamos de todas formas, se decía a sí mismo Orestón, y ya que había tomado impulso, quería continuar a toda costa. Decidió que ciertos cuentos modernos se pueden contar como una canción infantil, con palabras enfiladas una detrás de otra, ulí uléi cuatro caballos para un rey. Así también había escrito una rima, pero todavía faltaban siete u ocho líneas para llegar al final de la página, borricas chicas el cuatro de picas, más algún personaje puesto a la buena de Dios, como el lobo, el cordero, el pavo y un viejecito cojo que hace la polenta, o si no tiene harina de maíz y un caldero, puede jugar a la brisca con el lobo, y si el lobo pierde la partida, se enfada y se lo come de un bocado. Le está bien merecido, no tenía que haberse puesto a jugar a las cartas con el lobo.
texto original Luigi Malerba, Storiette e Storiette tascabili, Torino Einaudi Tascabili, 1994, p.5
martedì 1 settembre 2009
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