mercoledì 16 settembre 2009

l'inventaire - Jacques Prévert

Une pierre
deux maisons
trois ruines
quatres fossoyeurs
un jardin
des fleurs

un raton laveur

une douzaine d'huîtres un citron un pain
un rayon de soleil
une lame de fond
six musiciens
une porte avec son paillasson
un monsieur décoré de la légion d'honneur

un autre raton laveur

un sculpteur qui sculpte des Napoléon
la fleur qu'on appelle souci
deux amoureux sur un grand lit
un receveur des contributions une chaise trois dindons
un ecclésiastique un furoncle
une guêpe
un rein flottant
une écurie de courses
un fils indigne deux frères dominicains trois sauterelles un strapontin
deux filles de joie un oncle Cyprien
une Mater dolorosa trois papas gâteau deux chèvres de Monsieur Seguin
un talon Louis XV
un fauteuil Louis XVI
un buffet Henri II deux buffets Henri III trois buffets Henri IV
un tiroir dépareillé
une pelote de ficelle deux épingles de sûreté un monsieur âgé
une Victoire de Samothrace un comptable deux aides-comptables un homme du monde deux chirurgiens trois végétariens
un cannibale
une expédition coloniale un cheval entier une demi-pinte de bon sang une mouche tsé-tsé
un homard à l'américaine un jardin à la française
deux pommes à l'anglaise
un face-à-main un valet de pied un orphelin un poumon d'acier
un jour de gloire
une semaine de bonté
un mois de Marie
une année terrible
une minute de silence
une seconde d'inattention
et...

cinq ou six ratons laveurs

un petit garçon qui entre à l'école en pleurant
un petit garçon qui sort de l'école en riant
une fourmi
deux pierres à briquet
dix-sept éléphants un juge d'instruction en vacances assis sur un pliant
un paysage avec beaucoup d'herbe verte dedans
une vache
un taureau
deux belles amours trois grandes orgues un veau marengo
un soleil d'Austerlitz
un siphon d'eau de Seltz
un vin blanc citron
un Petit Poucet un grand pardon un calvaire de pierre une échelle de corde
deux sœurs latines trois dimensions douze apôtres mille et une nuits trente-deux positions six parties du monde cinq points cardinaux dix ans de bons et loyaux services sept péchés capitaux deux doigts de la main dix gouttes avant chaque repas trente jours de prison dont quinze de cellule cinq minutes d'entracte.

et...

plusieurs ratons laveurs.



poesía milanesa arrinconada en el Corso Garibaldi, enfrente de la tienda Aldo Coppola, a la espera de poder incluir foto

martedì 1 settembre 2009

El cuento de Orestón

Orestón le había prometido a su hijo que le escribiría un cuento ni muy largo ni muy corto. En fin, una hoja. Empezó a escribir: ahora escribo un cuento para mi hijo. Pero después de estas primeras palabras no sabía cómo continuar porque nunca había escrito un cuento en su vida, y ni siquiera había contado uno. A él los abuelos le habían contado cuentos, tanto la abuela como el abuelo, sin embargo, su padre y su madre perdieron esta costumbre en cuanto se fueron a vivir en la ciudad. En la ciudad parece que los cuentos no se puedan contar, y si se cuentan, salen mal. Orestón ahora ya no se acordaba de los cuentos que le habían contado sus abuelos, y mucho menos de aquellos que no le habían contado su padre y su madre, pero ya le había prometido a su hijo llenar una página. Así fue como continuó, escribiendo que no recordaba cuentos auténticos, pero en el fondo estaba llenando una página con algo que se parecía a un cuento, aunque todavía no habían entrado en escena lobos, ni zorros, ni brujas, ni príncipes, ni pastores, como se llevaba en los viejos cuentos. Continuamos de todas formas, se decía a sí mismo Orestón, y ya que había tomado impulso, quería continuar a toda costa. Decidió que ciertos cuentos modernos se pueden contar como una canción infantil, con palabras enfiladas una detrás de otra, ulí uléi cuatro caballos para un rey. Así también había escrito una rima, pero todavía faltaban siete u ocho líneas para llegar al final de la página, borricas chicas el cuatro de picas, más algún personaje puesto a la buena de Dios, como el lobo, el cordero, el pavo y un viejecito cojo que hace la polenta, o si no tiene harina de maíz y un caldero, puede jugar a la brisca con el lobo, y si el lobo pierde la partida, se enfada y se lo come de un bocado. Le está bien merecido, no tenía que haberse puesto a jugar a las cartas con el lobo.


texto original Luigi Malerba, Storiette e Storiette tascabili, Torino Einaudi Tascabili, 1994, p.5

La erre

Un día, mientras Hugón estaba hablando con un amigo, llegó una ventolera y se llevó su erre. Justo estaba diciendo “me ha sido muy grato verte”, y le salió de la boca “me ha sido muy gato vete”. El amigo se ofendió mucho y se fue sin despedirse de él. Otro día, Hugón fue a la carnicería para comprar “pezuñas de marrano” y en su lugar dijo “pezuñas de mano”. Hugón estaba desesperado porque cuando hablaba queriendo decir una cosa, siempre le salía otra. Decía “barba” y le salía “baba”, decía “Pedro” y le salía “pedo”, decía “largo” y le salía “lago”, decía “rojo” y le salía “ojo”, decía “lunar” y le salía “luna”, y todo por el estilo. Sus amigos empezaron a pensar que Hugón bebía, y hubo quien dijo que se había vuelto loco.
Hugón fue por toda la ciudad en busca de su erre y puso un anuncio en el periódico prometiendo una buena recompensa, pero nadie respondió. Entonces, decidió robar la erre de un letrero de mármol que decía “Calle Lorca”. Robó la erre y la inscripción pasó a ser “Calle Loca”. Los que la leen no lo entienden, y si lo entienden, se ríen.


texto original Luigi Malerba, Storiette e Storiette tascabili, Torino Einaudi Tascabili, 1994, p.36